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El Efecto Pigmalión es una de las claves en el fútbol base y, concretamente, en el proceso de aprendizaje de los jóvenes. En todas y cada una de las etapas de fútbol formativo, el objetivo de todo entrenador es (o debería ser) que sus jugadores aprendan lo máximo posible, divirtiéndose practicando el deporte, con el objetivo que en un futuro estén preparados para competir cuando lleguen a la etapa de alto rendimiento.

Muchas veces, nos preguntamos por qué unos jugadores aprenden con más facilidad y velocidad, y otros no tanto. La verdad es que esto depende de muchísimos factores, pero después de varios años de observación e investigación de distintos estudios de caso, se ha podido identificar algunos parámetros controlables.

¿Por qué cuando nos hacemos cargo de un equipo de futbol base como entrenadores, aquellos jugadores que desde el principio creemos que aprenderán más, o nos han dicho que son “más buenos”, terminan por aprendiendo más, y los que creemos que no tienen tanto talento, o no nos han hablado muy bien de ellos, terminan por tener un proceso mucho más lento? 

Las expectativas que ponemos sobre ellos, tienen mucho que decir. Y para explicar su influencia en el proceso de aprendizaje del jugador, y como podemos gestionarlo como entrenadores, acudimos al Efecto Pigmalión.

El efecto Pigmalión

El Efecto Pigmalión tiene como eje principal las expectativas, las cuales se crean sobre una persona, un grupo de personas, situaciones, etc. Dichas expectativas, que uno puede tener acerca de estos conceptos, acaban por determinar el resultado final, en el caso que nos ocupa, el mayor o menor aprendizaje de los futbolistas.

Por lo tanto, las expectativas que el entrenador tenga y transmita a sus jugadores van a influir directamente en el aprendizaje y el rendimiento de estos. En consecuencia, será adecuado fomentar y transmitir expectativas altas a los jugadores, ya que la confianza, predisposición y rendimiento del grupo se verá incrementado automáticamente. 

Para ello, como entrenadores deberemos controlar:

  • El lenguaje utilizado, tono de voz, connotación de las palabras, etc. a la hora de dirigirnos a un jugador.
  • El lenguaje no verbal: gestos, caras, etc.
  • El tiempo individualizado que invertimos en cada uno de los jugadores.
  • La ilusión y motivación que somos capaces de transmitirle.
  • La búsqueda de objetivos individuales y comunes para cada uno de ellos.
  • Uso y fomento de valores como el respeto, ambición, trabajo en equipo, etc.
  • Y lo más importante: ¡Creernos nosotros mismos que podemos ayudar a mejorar al jugador, sea quien sea!

 

Efecto Pigmalión